Un gobierno sin brújula

06 Mar 2026

Max Weber define la política como la aspiración por influir sobre la dirección del poder estatal. En este sentido, evaluar políticamente al gobierno requiere observar si a través del ejercicio del poder logró efectivamente modificar la dirección del país.

Gabriel Boric se propuso, en primer lugar, que Chile fuese “la tumba del neoliberalismo”. Sin embargo, la votación en favor del Rechazo acabó sepultando el proyecto político del progresismo. Así, más que ser él el que cambió la dirección del país, fue la voluntad popular expresada en las urnas la que lo cambió a él y a su propósito.

En efecto, tras el Plebiscito del 2022 fue inaugurada una segunda etapa del gobierno de Gabriel Boric, en la que el mandatario intentó sacudir al progresismo del populismo que la misma izquierda que él representaba había promovido anteriormente. Este giro se observa en profundos cambios de gabinete, en el que se recurrió a figuras clave de la ex Concertación para asumir el control de las carteras más importantes del Estado.

A pesar de ello, políticamente no hubo dirección, no hubo “gobierno” (kybernao) en el sentido originario de la palabra por parte de Gabriel Boric, ya que gobernar significa “manejar el timón”. En la práctica, lo que vimos durante estos cuatro años fue el naufragio del país ante el vaciamiento del proyecto político de izquierda. El barco se mantuvo a flote, pero sin orientación.

La crisis de seguridad también refleja que no fue el presidente el que cambió la dirección del país, sino que simplemente dejó que se produjeran aquellas reformas que el mismo oficialismo impedía que se materializaran cuando eran oposición. La falta de convicción sobre esta materia sigue presente, como queda reflejado en la división de los partidos de gobierno sobre la Ley Naín-Retamal.

Estos hechos se inscriben en una tendencia mayor del gobierno de Gabriel Boric, de naufragar queriendo ir hacia la izquierda, pero siendo llevado por las olas hacia las costas de la derecha. Allí se encuentra la reforma previsional, la ley marco de autorizaciones sectoriales y varias leyes orientadas a mejorar la seguridad pública.

En definitiva, tras iniciar su camino con una pretensión refundacional, convencido de que la voluntad política bastaba para determinar el derrotero de la nación, el gobierno concluye sin la pretendida transformación estructural, dejando apenas un costoso aprendizaje donde el pragmatismo se impuso por necesidad. Gracias a esos cuadros de la ex Concertación, al plebiscito, a los frenos y contrapesos de la oposición y a los organismos autónomos, logramos mantenernos a flote.

Esta columna se publicó en La Segunda.

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