Chile y el ombligo del mundo
En el marco del actual proceso electoral, los candidatos presidenciales compiten por ver quién promete más dentro de nuestras fronteras. Seguridad, salud, educación: todo cabe en sus programas, salvo la política exterior, que —más allá de la política comercial y de inversión extranjera— sigue siendo la gran ausente. El silencio no sorprende.
La política exterior mueve pocos votos. Pero Chile es un país mediano, abierto y que hace valer sus intereses a través del sistema multilateral. Reducir la política exterior a un segundo plano no solo evidencia la ausencia de una mirada estratégica, sino también una preocupante falta de responsabilidad institucional, considerando que el Jefe de Estado tiene el deber de conducirla.
A seis semanas de la elección, cabe preguntarse: ¿qué piensan realmente los aspirantes a La Moneda en materia internacional? No basta con el rutinario compromiso de “mantener una política de Estado”. Es necesario saber cómo se pretende conducirla: cuál será la relación con el orden internacional vigente, si se respetarán nuestras obligaciones internacionales y cómo se gestionarán las relaciones vecinales y regionales en un contexto cada vez más incierto.
Algunos indicios son preocupantes. José Antonio Kast ha expresado una profunda desconfianza hacia el sistema multilateral —en particular hacia las Naciones Unidas— y parece preferir vínculos bilaterales con gobiernos afines ideológicamente. Algo así como proselitismo internacional que nos haría dependiente de unos pocos. Jeannette Jara, por su parte, proviene de un sector que observa con recelo el libre comercio —que tantos beneficios ha traído a Chile— y muestra indulgencia hacia regímenes autoritarios en la región, responsables de buena parte de la crisis migratoria y de seguridad que enfrentamos.
La candidatura de Evelyn Matthei, en cambio, nos da signos de alivio. La candidata del centro ha declarado su intención de guiarse por los principios que han caracterizado nuestra política exterior desde el retorno a la democracia, priorizando los intereses políticos y económicos del país.
Mientras tanto, el mundo se redefine: potencias que se rearman, democracias fatigadas, economías fragmentadas y un planeta al borde del colapso climático. Chile, que debiera tener una voz serena y coherente, corre el riesgo de encerrarse en un provincialismo satisfecho, confundiendo independencia con aislamiento.
En tiempos de incertidumbre global, mirar más allá de la cordillera no es un lujo diplomático, sino una necesidad estratégica. Porque quien aspire a gobernar Chile sin entender el mundo, terminará inevitablemente gobernando de espaldas a él.
Esta columna se elaboró para el centro de estudios Horizontal.