La educación pública y la economía del futuro

21 Ene 2026

La semana pasada ocurrieron dos hechos que, a primera vista, no tienen relación. Por un lado, bajo el título “Humanidad: ¿hacia dónde vamos?”, se realizó una nueva versión del Congreso del Futuro, con paneles sobre inteligencia artificial, biotecnología y cambio climático. Por otro, se conocieron los resultados de selección de la PAES 2026.

La conexión es más directa de lo que parece: si la educación pública sigue fallando en su tarea más básica —formar y proyectar a los estudiantes con más talento hacia las carreras más selectivas—, olvidémonos de enfrentar con éxito los desafíos del mundo actual.

Los números hablan por sí solos. En la última PAES, cerca de 12 mil alumnos se ubicaron en el top 5% de mejor rendimiento (855 puntos o más). De ellos, apenas 1.400 provienen de colegios público: solo un 11,7%. Es decir: el sistema que alguna vez fue un motor de movilidad social hoy dejo de serlo, dejando así, a muchos estudiantes sin las oportunidades que como sociedad deberíamos entregar (Gráfico 1).

 

La educación pública y la economía del futuro. Por Juan José Obach

 

Fuente: elaboración propia en base a datos abiertos Mineduc y DEMRE

 

Las causas de este deterioro son conocidas, pero lamentablemente no hemos querido enfrentarlas con decisión.

Primero, la caída en picada de los liceos emblemáticos, producto de la violencia, la pérdida de autoridad y el quiebre de comunidades escolares que antes compartían ciertos mínimos como el esfuerzo, disciplina y la excelencia académica.

Segundo, una reforma educacional en el segundo gobierno de Bachelet (2015) que eliminó la selección apostando a un “efecto par” que nunca llegó. Se prometió integración y se terminó nivelando hacia abajo. La consecuencia ha sido brutal para los estudiantes de alto rendimiento del sistema público ya que se les quitó un canal probado de movilidad.

Tercero, la instalación de los SLEP, que en la mayoría de los casos ha trasladado —y a veces agravado— los problemas de gestión municipal a una nueva capa burocrática. Hoy tenemos más papeleo, más procesos y más funcionarios públicos, pero no tenemos mejores profesores, directores o resultados.

 

¿Cómo avanzar? La llegada de un nuevo gobierno abre la puerta para avanzar en varios frentes. En esta columna sugiero cuatro:

  1. Reabrir, sin complejos, la discusión sobre selección por mérito en casos específicos, en establecimientos de mayor exigencia (como los Liceos Bicentenario), con criterios transparentes y mecanismos que prioricen el acceso de estudiantes vulnerables.
  2. Recuperar el orden y el clima de aprendizaje como prioridad nacional. Sin seguridad escolar, autoridad y normas claras, ninguna reforma pedagógica será efectiva.
  3. Hacer atractiva la carrera docente: crear más incentivos para atraer a los mejores, más exigencia en formación y evaluaciones que reflejen el desempeño real, que no es otra cosa que el aprendizaje de los estudiantes.
  4. Dar más autonomía y libertad a las escuelas: aliviar a los equipos directivos de la excesiva burocracia a la que se enfrentan y darles más atribuciones para que puedan tener una gestión enfocada en resultados. El Estado debe ser un apoyo a las escuelas, no una carga.

Subirse al carro de la economía del futuro —energías renovables, IA, robótica, minería de minerales críticos— requiere del talento y esfuerzo de la mayor cantidad de chilenos. Pero hoy nuestro sistema de educación público lo impide, imponiendo un techo a miles de estudiantes capaces. El talento está distribuido a lo largo y ancho del país, pero las oportunidades no.

Podemos llenar auditorios hablando de inteligencia artificial o crisis climática. Pero si no recuperamos los aprendizajes en la sala de clases, seguiremos siendo meros espectadores de estas transformaciones.

Esta columna se publicó en Ex-Ante.

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