Datos duros sobre habilidades blandas

16 May 2024

¿Qué cosas no miden las pruebas estandarizadas? Las (mal) llamadas habilidades blandas: los rasgos de la personalidad, la motivación, las metas personales y preferencias; que son igual (o más) valoradas en el mercado laboral que las (mal) llamadas habilidades duras.

El término viene de las postrimerías de la guerra de Vietnam en la milicia de los EE.UU., donde se detectó que las mejores tropas -aquellas con mayores probabilidades de supervivencia- eran los soldados con ciertas capacidades específicas, tales como liderazgo, responsabilidad, capacidad de trabajo en equipo, comunicación y resolución de disputas. Como en un conflicto bélico se las debía diferenciar del manejo de maquinaria pesada y armamento, se les denominó a estas últimas habilidades duras, y a las primeras, blandas.

Pero de blandas tienen poco. Para liderar cualquier organización o grupo humano es necesario, a lo menos, determinación, esfuerzo, comunicación y capacidad de relacionarse efectivamente, y eso en circunstancias de normalidad. Para llevar adelante proyectos en condiciones de alto riesgo, como reestructurar una empresa, liderar un proyecto político, o ser capaz de enseñar a 40 niños y niñas en un liceo municipal se necesita eso y más.

Las habilidades blandas importan para el mundo laboral. Heckman y Kautz (2012) comparan en EE.UU. a estudiantes que terminan enseñanza media con otros que rinden exámenes libres. En la práctica ambos grupos de estudiantes poseen la misma habilidad cognitiva (tienen el mismo diploma de egresados y la señal para el mercado laboral es la misma); pero difieren en aspectos que generaron que un grupo pudiera terminar la escuela secundaria y otro no: sus habilidades blandas. ¿Qué encuentran? Los que egresan de educación media tienen mayores ingresos, probabilidades de graduarse de educación superior, de durar más tiempo en un empleo, de no caer preso y de estar casado por más tiempo.

En otro contexto, evalúan la implementación de un programa preescolar que genera un aumento en los niveles de coeficiente intelectual de los niños y niñas, beneficios cognitivos que desaparecen en el tiempo. Sin embargo, los que se benefician del programa tienen una tasa de retorno anual entre 6 y 10% superior que los que no recibieron el programa, ¿cómo se explica esto? El programa mejoró sus habilidades “blandas”, mediante la corrección de conductas como “mentir y hacer trampa”, “ausentarse injustificadamente”, “robar” y “decir groserías o palabras obscenas”.

Es necesario que en Chile prioricemos el desarrollo temprano de las (mal) llamadas habilidades blandas. Una forma de realizarlo es mediante talleres extraprogramáticos, tales como los de fundaciones Kiri o Ganémosle a la Calle, que desarrollan las habilidades socioemocionales a través del deporte, la cultura y la ciencia. Esto, además, genera externalidades positivas. Por una parte, a los niños y niñas les da una actividad entretenida para realizar después de clases y, por otro lado, permite que padres y madres se inserten de mayor manera en el mundo laboral, todo esto, sabiendo que sus hijos están protegidos dentro de las escuelas.

Las pruebas estandarizadas importan, y mucho, pero habilidades como la perseverancia, autocontrol, capacidad de trabajo en equipo y solución de conflictos también merecen un rol preponderante en la enseñanza de nuestras juventudes. Un buen sistema educativo debe desarrollar las habilidades blandas y duras en armonía y sincronización. Avancemos por un sistema así.

El título de esta columna se inspira en el título del artículo de James Heckman y Tim Kautz (2012), donde recopilan la evidencia sobre habilidades blandas y cómo estas causan distintos resultados económicos.

Esta columna se publicó en El Líbero.

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