Recuperando la legitimidad empresarial

Al igual que prácticamente todas las instituciones, tanto privadas como estatales, la legitimidad empresarial está dañada, y eso tiene consecuencias dramáticas para un país, porque no existe sociedad exitosa sin empresas exitosas, y no existen empresas exitosas si no tienen legitimidad social. Es imprescindible recuperar la legitimidad del pasado, pero para lograrlo debemos tener un diagnóstico compartido. Si se cree que la pérdida de legitimidad se debe a la falta de un buen relato y de convicción en el modelo, el camino a elegir será muy distinto a si se cree que hay razones más profundas detrás de este fenómeno.

De conversaciones con líderes gremiales me formé la impresión que existen dos visiones distintas. Por un lado, hay un grupo de empresarios que considera que la pérdida de legitimidad es consecuencia de no haber transmitido adecuadamente la contribución del mundo empresarial al éxito de Chile, a la falta de convicciones para defender un modelo exitoso, y a unos pocos escándalos importantes, de gran notoriedad como las colusiones, pero que frente a un universo de cientos de miles de empresas son poco representativos del quehacer empresarial. Detrás de este pensamiento hay un argumento contundente: el país progresó como nunca, el PIB per cápita se cuadruplicó en 30 años, la pobreza cayó del 60% al 8%, la movilidad social en Chile terminó siendo de las mejores en la OECD (el 23% del decil más rico tiene padres que están en el decil más pobre), la desigualdad medida por el índice Gini cayó de 0,57 a 0,466, y la enorme cantidad de autos y electrodomésticos vendidos no son comprados precisamente por una pequeña élite. No por nada todo el mundo nos tomó como un ejemplo de desarrollo y sensatez. Para este grupo, el estallido de octubre 2019 es poco comprensible, no porque sea indiferente con los problemas pendientes a ser resueltos que tenía el país, sino porque ser totalmente inconsistente con el notorio avance que tuvimos en los últimos 30 años.

Por otro lado, hay un grupo, en el cual me incluyo, que considera que se trató de un estallido social que no se resolvía con más crecimiento o manteniendo el modelo sin ajustes relevantes. Según esta visión, hay dos fallas estructurales, una económica y otra empresarial. En materia económica, si bien es muy cierto el tremendo adelanto económico y social que tuvo Chile, también es evidente que los rezagados del sistema no pueden esperar otros treinta años para cerrar la brecha. Por ejemplo, en materia de viviendas, en 1996 el 49% de los hogares chilenos padecía de déficit habitacional, cifra que bajó al 32% en la actualidad. Un gran avance, pero sigue afectando a 6 millones de personas, y no podemos esperar otros 25 años para que disminuya a niveles aceptables. En materia de salud, el 80% sigue padeciendo la ineficiencia de Fonasa. En materia de pensiones, la gran mayoría de las personas que se jubilan tienen tasas de reemplazo inferiores al 50%, lo cual se traduce que muchos hogares de clase media pasan a ser pobres cuando se jubilan. En materia de deudas, tenemos 4,2 millones de deudores morosos. Los 5 deciles más pobres destinan el 40% del ingreso familiar al pago de deudas, y otro 40% al pago de vivienda (deuda o arriendo). Podemos agregar un Transantiago nefasto que sique afectando a millones de personas, y la segregación social producto de ciudades que se fueron extendiendo sin contar con la infraestructura adecuada. Es muy cierto que estas realidades son mejores a las que teníamos 30 o 40 años atrás, pero es lógico pensar que estas deficiencias derivan, más temprano que tarde, en grandes tensiones y conflictos sociales, especialmente en aquellos jóvenes que no vivieron realidades peores.

En materia empresarial, no se trata de unos pocos escándalos, sino de una seguidilla interminable a lo largo de 20 años. Todo comienza con el caso MOP-Gate en el año 2000, y continúa con 20 casos de colusión, una buena cantidad de uso de información privilegiada, y una gran cantidad de abusos a clientes y proveedores, todo ello de gran repercusión. Es cierto que siguen siendo pocos casos en relación con los cientos de miles de empresarios, pero al final del día los humanos nos movemos más por percepciones que por realidades. Y la percepción de la sociedad es que muchos empresarios se saltaron la fila, y si eran descubiertos los mandaban a clases de ética, y si pagaban multas, estas eran menores a lo ganado. Y en todos estos eventos, las asociaciones empresariales miraban para otro lado.

Para los que creemos en estos dos problemas estructurales, la legitimidad no se recuperará con más relato, mayor convicción y más crecimiento, ni tampoco criticando las nefastas consecuencias del socialismo. La sociedad no quiere críticas ni soluciones técnicas, sino empatía real con sus dolores, la finalización del abuso y el mejoramiento del trato. En definitiva, más que relato es el momento del cambio, y si hacemos relato, que sea del cambio hecho.

¿Qué pueden hacer las asociaciones gremiales para recuperar la legitimidad del mundo empresarial?

En primer lugar, debieran mejorar sus códigos de ética, introduciendo medidas concretas que castiguen los abusos, la colusión y toda aquella maniobra que afecte la libre competencia.

En segundo lugar, debieran enfatizar y evangelizar la prudencia. Por ejemplo, la nominación de personas con potenciales conflictos de interés en cargos importantes debe evitarse. No se trata de una discusión de su honorabilidad o imparcialidad, sino con el hecho que el santo no solo tiene que serlo sino también parecerlo. La renuncia de José Manuel Melero a la Presidencia de la Cámara Nacional de Comercio, cuando su hermano Patricio asumió como ministro del Trabajo, es excelente ejemplo de prudencia.

En tercer lugar, las asociaciones debieran seguir promoviendo la consistencia entre lo que las empresas dicen que son y lo que verdaderamente son. No me refiero solamente a temas de “compliance”, sino también a muchas inconsistencias que se ven a diario, tales como sistemas de incentivos a gerentes que derivan en microabusos, engaños e incluso estafas, y mensajes del tipo “nuestros proveedores son nuestros socios” que en la realidad terminan siendo todo lo contrario.

En cuarto lugar, además de hacer un esfuerzo concreto por penalizar los malos actos, y promover la prudencia y la conciencia, podrían desarrollar “sellos de buen comportamiento social”. Las empresas podrían ser evaluadas por sus proveedores, sus clientes y sus empleados en base al sistema NPS (Net Promoter Score), y aquellas que obtienen un puntaje determinado obtener un sello de excelencia en la categoría en que lo logran, a revalidarse cada año.

En quinto lugar, las empresas grandes, especialmente las que cotizan en bolsa, podrían evaluar la conveniencia de ofrecer participación accionaria a sus empleados. No se trata de regalar sino de vender, y además de compartir el riesgo. No todos los empleados estarán dispuestos a hacerlo, pero el proceso permitiría tener una mayor legitimidad de la empresa ante la sociedad y ante sus propios empleados.

En sexto lugar, las asociaciones gremiales debieran promover que más empresas se sumen al desafío de resolver problemas comunales. Este tipo de actividades existe actualmente, y hay mucho espacio para seguir por este camino. No se trata de regalarle plata a los alcaldes, sino junto con ellos definir los temas en los cuales las empresas pueden ayudar, ojalá en la modalidad “shared value”.

Por último, las asociaciones gremiales debieran promover aún más la educación dual en el país, que ayuda a adquirir el conocimiento en las salas de clase y la práctica en las empresas. Este formato comenzó a implementarse en Chile alrededor de 1992, pero en la actualidad menos del 10% de los estudiantes matriculados en liceos técnico-profesionales disponen de una formación dual, comparado con el 70% de Suiza o Alemania. Los establecimientos educacionales chilenos han evaluado de muy buena forma este tipo de estrategias pedagógicas, siendo su única preocupación el poder vincularse de manera efectiva con las empresas. Existe mucho espacio para que las asociaciones gremiales tomen un rol más activo en esta materia, no solo promoviendo la educación dual entre sus afiliados, sino también promoviendo la creación de incentivos estatales que permitan aumentar este tipo de pedagogía.

Todo lo anterior no obsta a que las asociaciones gremiales sigan colaborando con estudios técnicos que potencien el desarrollo empresarial, pero si van a hacer narrativa, que la hagan de aquellas cosas que hacen para resolver los dolores de la sociedad.

AUTOR:
Gabriel Berczely.

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