Hernán Larraín M.: "Para ser mayoría , el liberalismo debe volver a ser radical"
A ratos parece una crónica autobiográfica de los convulsionados últimos años que ha vivido Chile, en la que el autor reconoce sin ambages aciertos y errores. Personales y colectivos.
En las páginas de “La derecha liberal sí existe” (Ariel), Hernán Larraín Matte relata encuentros privados con Sebastián Piñera (“cada vez que alguien empezaba una frase con “yo creo…”, él interrumpía: ¿Usted cree o usted sabe?”), críticas a su sector (“el éxito de las ideas propias de la centroderecha nos puso en piloto automático”), interpretaciones sobre el estallido, la trastienda de la creación de Evópoli y una mirada en torno a las nuevas derechas que disputan el actual escenario político como la de Republicanos y la del Partido Nacional Libertario (“optan por el purismo ideológico y la superioridad moral”).
Larraín Matte fue parte de los asesores del Segundo Piso del primer gobierno de Sebastián Piñera, contribuyó a la creación del centro de estudios Horizontal, vivió de cerca el estallido siendo presidente de Evópoli, fue electo en la Convención que elaboró el primer proyecto constitucional y creó el referente Más Democracia.
Entremedio, reconoce, vivió las críticas en la calle post 18 de octubre, “perdí a amigos queridos y mi familia se tensionó”, escribe en el libro. Vio con escepticismo a parte de la izquierda arrogarse como propias las demandas ciudadanas, contempló con orgullo a su partido oponerse férreamente a los retiros de fondos de pensiones y también lamentó verlo descender en las preferencias electorales.
Por eso, su libro —antecedido por un prólogo de Harald Beyer, quien lo califica como “una bocanada de aire fresco”— no es una arenga ni tampoco un artículo fríamente académico.
“Me pareció importante dejar testimonio por escrito del genuino esfuerzo de un grupo de personas por construir un proyecto de derecha liberal y reformista. Democrático y serio. Este no es un libro académico ni de autocelebración”, dice.
—El politólogo Óscar Godoy le dijo a su padre —el exministro Hernán Larraín Fernández— que a pesar de su formación conservadora usted terminaría siendo liberal…
—Así fue. En ese momento, con 26 años, mi liberalismo era solo una intuición. Óscar junto a muchos otros profesores me hicieron leer a Mill, a Smith, a Tocqueville, a Berlin, por mencionar algunos. Me enseñaron y contagiaron de liberalismo clásico. Fue así como me encontré con una familia de ideas que me hicieron profundo sentido y con quienes logré sentirme, literalmente, en casa.
—Usted plantea que hay una especie de quiebre en la derecha liberal respecto del régimen militar y su interpretación. ¿Por qué?
—Una derecha democrática, como nos repitió tantas veces Mario Vargas Llosa, no puede mirar la dictadura con distinciones. “No hay dictaduras buenas o menos malas, porque el precio que se paga es intolerable”, le recordó a Axel Kaiser en esa famosa intervención. El liberalismo parte del respeto irrestricto a la democracia y los derechos humanos, como defendió siempre Sebastián Piñera. La dictadura marcó una ruptura que no se puede relativizar. Esta es la cuestión de fondo: no debemos buscar justificar el pasado, sino aprender de él para no repetirlo.
—Usted recuerda en el libro una exposición que hizo respecto de modernizar la derecha en LyD que luego Piñera, quien todavía no era candidato presidencial, le pidió replicar en su oficina.
—Sebastián Piñera fue, sin duda, un liberal afincado en la derecha chilena. Promovió un liberalismo cristiano, como le escuché a Lucía Santa Cruz. En esa primera conversación que tuve con él tras la exposición en LyD el año 2008, noté su profunda determinación por empujar una derecha moderna, plural y con vocación de mayoría.
—En su libro plantea que hubo símbolos de renovación en la primera campaña presidencial del exmandatario. ¿Cree que eso marcó finalmente su triunfo?
—Fue un elemento importante, sin duda. La campaña presidencial de Sebastián Piñera en 2009 incorporó símbolos de renovación muy potentes: desde una decidida rebeldía contra el statu quo, sintonizando con una sociedad diversa, propuestas audaces y equipos muy jóvenes en la primera línea. Todo, centrado en el mensaje de cambio, futuro y esperanza. En ese momento, la derecha logró ampliar su base de apoyo desde sus principios, y eso fue clave para el triunfo.
—A su juicio, y por su experiencia personal, ¿qué es la derecha liberal hoy en Chile y quién la representa?
—La derecha liberal es un grupo influyente que ha logrado permear a Chile Vamos, más allá de Evópoli. Y eso es uno de nuestros principales logros. Es un proyecto comprometido con la democracia y sus instituciones, como lo demostró en el Acuerdo por la Paz y la nueva Constitución el 15-N. Que promueve buenas reformas, como la de pensiones que se aprobó recientemente. Que busca construir proyectos de mayoría desde sus convicciones, como lo hizo dos veces junto a Piñera. Hoy, Evelyn Matthei es otra prueba de que la derecha liberal existe y tiene futuro.
—Pero ¿qué opina cuando a Matthei se la critica por sus dichos sobre el golpe de Estado y se dice que es “menos de lo mismo” en relación con Piñera?
—Evelyn Matthei tiene una trayectoria democrática impecable con un compromiso total en materia de DD.HH., como ratificó ese mismo día. Es cierto que parte de sus primeras declaraciones fueron equívocas, particularmente respecto a las dolorosas muertes en dictadura. Pero la izquierda transformó el debate en una oportunidad electoral. Aprovecharon el momento, incluso con recursos públicos, para ganar algunos votos. Como sea, es clave que el proyecto político de Chile Vamos se concentre en el futuro y en sus convicciones liberales. Ese es el gran desafío.
—En el libro cita las protestas encabezadas por Gabriel Boric y Giorgio Jackson en 2011, y advierte que su sector, la derecha, había quedado “en piloto automático”, y señala que se había “desconectado de las nuevas demandas”. ¿A qué lo atribuye?
—Veníamos de años de estabilidad, crecimiento y avances sociales muy profundos. La izquierda, se decía en los pasillos de la derecha, administraba y profundizaba el modelo. Pero como nos enrostró Daniel Mansuy, “nos fuimos quedando en silencio”. Grave error. Encantados con “El fin de la historia” de Fukuyama, muchos pensaron que la batalla de las ideas se había ganado. Los hechos demostraron que esa causa es permanente. Jefferson siempre tuvo razón: “El precio de la libertad es su eterna vigilancia”.
—Señala que el estallido no fue meramente delictual ni tampoco un cuestionamiento, como interpretan intelectuales de izquierda, a 30 años de abuso. ¿Podría ahondar en ello?
—Reducir el estallido solo a la dimensión de “delincuencia” es una simplificación excesiva. Verlo románticamente como la manifestación de un pueblo oprimido, justificando o callando frente a la violencia y buscando la caída de un presidente electo, es una irresponsabilidad brutal y de escaso compromiso democrático. En el libro argumento que hemos sido incapaces de reflexionar sobre el estallido más allá de estados y miradas reduccionistas. Y sugiero una tercera opción. Pero dejémoslo hasta ahí. Para que se lea el libro (risas).
—Usted señala que hay quienes buscaban invalidar su opinión debido a que, “por ser cuico, sencillamente no podía entender lo que estaba pasando”. ¿Es una crítica injusta para un liberal que se cuestione su pensamiento aludiendo al origen social o familiar?
—Eso pasó en el estallido. Y en especial, en la pluri-convención. Cuando a alguien se le invalida por “ser cuico”, o por ser de la élite, o por cualquier adscripción, no se está criticando su argumento, se está excluyendo a la persona. Eso es profundamente antiliberal. Es la definición de lo woke. Un demócrata no puede aceptar que la discusión pública se transforme en una lucha de identidades.
—Plantea en su libro una clara diferencia entre la derecha de Chile Vamos y la del Partido Republicano y del Partido Nacional Libertario. ¿En qué se basa esa diferencia?
—Chile Vamos, junto a su experiencia en gobernar, tiene vocación de mayoría y trabaja para todos los chilenos a través de buenos acuerdos para que el país avance. Las derechas que usted menciona tienen vocación de oposición, alimentan un nicho electoral desde el purismo ideológico y la lógica del “todo o nada”, como lo demostraron en el segundo proceso constitucional. En Chile Vamos existe un sentido de responsabilidad y cultura del diálogo. Y no de la beligerancia y la confrontación.
—Destaca también la inspiración de figuras como la del ex primer ministro británico David Cameron en la búsqueda de una derecha pluralista y reformista.
—Lo que rescato de figuras como Cameron, y de intelectuales como Jesse Norman, fue su capacidad de liderar una derecha moderna, con sentido social y vocación de mayoría. Capaz de hacer confluir en un mismo proyecto político a las distintas tradiciones del sector. Hoy, uno de los principales activos de gobernabilidad de Chile Vamos radica en la confluencia doctrinal de conservadores, socialcristianos y liberales. Pocos pueden decir eso.
—¿Cuál es su mirada de gobiernos como el de Trump o de Milei a la luz de lo que plantea en su libro?
—Ambos representan una política o actitud iliberal. El caso de Trump es el más complejo. Negó su derrota electoral, azuzó a los suyos para atacar el Capitolio, promueve el proteccionismo y el nacionalismo. Ataca la autonomía de las universidades, la libertad de prensa, y debilita permanentemente la separación de poderes. Promueve la lógica de la fuerza y no de las instituciones. Es sin duda una amenaza muy seria para el orden liberal.
—Usted señala que Chile Vamos se parece cada vez más a la derecha liberal planteada por Evópoli, pero reconoce que su partido es débil electoralmente. ¿Cómo se explica eso?
—En el libro argumento que Chile Vamos se parece más a Evópoli hoy de lo que era hace 10 años. La mirada seria, reformista, plural y democrática es un aporte importante. Sin embargo, la historia nos puso en un lugar de mucha responsabilidad. Y la asumimos con Blumel y Briones (ministros del Interior y de Hacienda, respectivamente, tras el estallido) en el momento más complejo de nuestra democracia de los últimos 30 años. Nos opusimos a los dañinos retiros y votamos por José Antonio Kast en la segunda vuelta. Todo eso generó un daño a nuestra identidad. Como sea, tengo la certeza de que la derecha liberal está plenamente vigente. Como argumento en el libro, para ser mayoría, el liberalismo debe volver a ser radical.
Esta entrevista se publicó en Reportajes de El Mercurio.