“El voto obligatorio, y no el clivaje octubrismo/ restauración, explica mejor el cambio electoral”
Hernán Larraín y Alfonso España —ambos miembros del centro de estudios Horizontal— se dedicaron a analizar el comportamiento electoral de los chilenos luego de ocurrido el estallido del 18 de octubre de 2019.
Y se preguntaron si en el país hay un nuevo clivaje a partir del análisis de “Claves electorales del Chile post estallido”. El término, usado usualmente por analistas políticos, alude a una escisión o fisura en la sociedad a partir de un hecho o un proceso que termina por marcar posiciones encontradas.
En el texto, de 50 páginas, indagaron en procesos electorales como el del plebiscito de 2022 —con votante obligado— y las más recientes presidenciales en las que José Antonio Kast obtiene el triunfo.
“El debate que se instaló con fuerza tras las últimas elecciones: si en Chile estamos o no frente a un nuevo clivaje político. En ese contexto, aparecieron interpretaciones que hablaban de un eje ‘octubrismo/restauración’ o ‘refundación/restauración’ como nueva clave electoral. Nos pareció que era una buena pregunta, pero que había que abordarla con evidencia. Por eso el trabajo busca dialogar con esa discusión, combinando literatura comparada sobre clivajes con datos electorales y de encuestas, para ver hasta qué punto esas hipótesis se sostienen o no”, dice Hernán Larraín Matte.
“Si tuviéramos que resumirlo en una frase, sería esta: más que un nuevo clivaje, lo que hay es un reordenamiento. Los clivajes históricos y tradicionales de la política chilena no desaparecen; siguen presentes, pero más debilitados. Y por sobre ellos se han instalado nuevos ejes que se superponen y reordenan al electorado. El factor decisivo es el voto obligatorio. Desde ese momento, entra en escena un electorado nuevo, mucho más numeroso, menos vinculado a los partidos y con prioridades distintas”, agrega España.
—¿Qué cambia en Chile, electoralmente hablando, después del estallido?
—Larraín: Lo que observamos es la convergencia de varios procesos: la introducción del voto obligatorio, el cambio en las prioridades ciudadanas, con mayor centralidad de temas como seguridad, inmigración y economía, y un cambio importante de los vínculos tradicionales entre clase y voto. El ciclo 2019-2025, incluyendo los plebiscitos, parece haber reordenado parcialmente las coordenadas. Ese reordenamiento no se traduce automáticamente en un nuevo eje estructural del sistema, sino en una superposición de dimensiones que conviven entre sí.
—Mucho se ha hablado del crecimiento de candidatos anti-establishment. ¿Cómo se explica?
—España: En el documento trabajamos el concepto de manera más bien descriptiva, para referirnos a liderazgos que tensionan o baipasean a los partidos tradicionales y buscan una conexión más directa con el electorado. Su crecimiento parece estar vinculado, en parte, a la incorporación de este nuevo electorado que entra con el voto obligatorio: personas menos identificadas con la política, con menor anclaje ideológico y con mayor distancia respecto de las instituciones. En ese contexto, el discurso anti-establishment resulta funcional, porque expresa esa distancia. Ahora bien, es importante no sobregeneralizar: ese electorado no es homogéneo ni necesariamente coherente en términos ideológicos. Más bien, combina elementos pragmáticos, demandas concretas y, en algunos casos, rechazo a la élite política.
—Larraín: El voto obligatorio, y no el clivaje octubrismo/restauración es lo que explicaría el cambio electoral.
—¿Qué sucede a nivel de los segmentos socioeconómicos? ¿Hay un cambio en sus preferencias electorales?
—Larraín: En sectores de menores ingresos hay más distancia con la democracia; en los de mayores ingresos, el apoyo es más alto y estable. Y justo esos sectores más críticos son los que más se han incorporado a votar con el voto obligatorio. En cuanto a cómo votan, no hay un giro claro hacia un solo lado. Ese electorado se reparte: algunos votan por la derecha, otros por opciones anti-establishment y otros siguen con la izquierda. Más participación, pero también más dispersión.
—¿Qué aspectos del electorado deberían considerar los líderes de los distintos partidos que hoy no parecen estar viendo?
—España: Una distinción que aparece con bastante fuerza en el análisis es la diferencia entre el votante habitual y el que se incorpora con el voto obligatorio. El primero tiende a tener mayor identificación política, mayor estabilidad en sus preferencias y vínculos más claros con partidos o coaliciones. El segundo, en cambio, es más pragmático, menos ideologizado y más orientado a resultados concretos. Una hipótesis posible es que parte del sistema político sigue pensando en función del primer tipo de elector, lo que dificulta interpretar adecuadamente los cambios que se están produciendo.
—Los gobiernos en Chile y en buena parte del mundo están perdiendo apoyo en las encuestas a una velocidad inédita. ¿Por qué creen que ocurre eso?
—Larraín: Hay algo estructural y algo propio del caso chileno. A nivel global, es lo que varios han descrito —como Moisés Naím en “El fin del poder”— como la fragilidad del poder: hoy es más fácil de obtener y mucho más difícil de mantener. Las expectativas son más altas, la presión es permanente y el ecosistema digital amplifica la crítica en tiempo real. En Chile, a eso se le suma el voto obligatorio. Entra a votar un grupo grande de personas más distantes de la política, que participan en las elecciones con grandes expectativas y rápidamente pasan a sentirse defraudados. Eso hace que los apoyos sean más frágiles y más cortos. Gobernar hoy, con este contexto y la crisis del sistema político chileno, es extraordinariamente difícil.
—¿Cuáles son las decisiones del actual gobierno que podrían empujar al electorado a la nueva administración entrante?
—España: Este electorado está mirando resultados concretos. Si el Gobierno logra avances visibles en seguridad, inmigración y reactivación económica, especialmente en empleo, es más probable que conecte con ese mundo más distante de la política tradicional. Ahora bien, para que ese vínculo político sea de largo plazo, esos resultados deben estar acompañados de un relato que justifique las decisiones difíciles que tome el Gobierno para así consolidar una identificación de largo plazo. Si no, ese mismo electorado puede inclinarse por una alternativa que prometa resolver esos temas de manera populista.
—¿Qué es lo que la actual oposición y la izquierda no han entendido aún de lo que pasó en el estallido?
—Larraín: El documento no busca responder directamente esa pregunta, pero es argumentar que una parte de la actual oposición tiende a mirar el estallido con cierta nostalgia, como un momento de demanda por transformaciones, sin hacerse plenamente cargo de la violencia ni de sus efectos. Y eso es relevante porque para una parte importante de los chilenos ese período, y lo que vino después, no se recuerda como algo positivo, sino más bien como un momento de inestabilidad que impactó directamente en su vida cotidiana. Esa experiencia parece estar más conectada hoy con demandas por seguridad, orden, estabilidad y crecimiento. Y da la impresión de que ese cambio en las prioridades no siempre ha sido del todo comprendido.
Esta nota se publicó en El Mercurio.