Liberalismo Social

La crisis que hoy Chile atraviesa obliga a sus dirigentes a reflexionar seriamente sobre el proyecto que quieren para el país. En este contexto, han aparecido distintas voces que buscan sacudir al liberalismo de la coalición oficialista. Como alternativa, algunas de ellas ofrecen un conservadurismo escondido en la etiqueta de “derecha social”, o un nacionalismo organicista bajo la máscara del “republicanismo popular”. Sin embargo, la centroderecha cometería un grave error si se dejase persuadir por estos cantos de sirena. 

En reiteradas ocasiones, algunos intelectuales han acusado al liberalismo de no poseer la caja de herramientas que le permita interpretar adecuadamente los problemas del país. Por ejemplo, se dice que, como ideología, reduciría los problemas políticos a la lógica económica. Sin embargo, si esto ha ocurrido en la derecha, ello no ha sido por culpa del liberalismo propiamente, sino por la preponderancia del conservadurismo. Si este sector se hubiese orientado consistentemente por un liberalismo integral, sí habría sido capaz de comprender los cambios que el país ha experimentado a raíz de la modernización capitalista, impulsada por la derecha y profundizada por la ex Concertación. De este modo, al optarse por miradas conservadoras o nacionalistas, aunque con nuevos ropajes, se estaría volviendo a cometer los mismos errores del pasado, como la reducción de la política a la mera gestión sin dar reconocimiento a la diversidad que caracteriza al Chile actual, o la pretensión de definir un particular modo de vida.

Como ideología, el liberalismo posee virtudes que vale la pena destacar. A diferencia de sus competidores, no aspira a imponerles fines colectivos o unitarios a las personas, mediante la trampa de que ellas necesitarían horizontes comunitarios de sentido, sino solo a establecer los medios para que cada cual pueda configurar —de la manera que prefiera— su propio proyecto vital. Ello implica tanto propiciar una cultura en favor de la inclusión y la no discriminación como asimismo asegurar las condiciones legales y materiales para el ejercicio de la libertad.

En este sentido, dicho liberalismo no promueve una oposición a priori a la intervención estatal, sino que sostiene que ella debe estar racionalmente justificada y efectivamente desplegada, con atención a la existencia de mínimos comunes exigentes en calidad, la sana competencia del mercado, la concentración del poder y el uso eficiente de recursos públicos. Algunos ejemplos de esta visión van en la línea de poner a los niños primero en la fila, construir ciudades justas, modernizar el Estado, perseguir la inclusión de minorías, fomentar la equidad de género, dispersar la propiedad incentivando la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas y propiciar la reactivación sustentable de la economía.

En el contexto presidencial que hoy vivimos, queda por si estas ideas serán representadas. Se trata de un liberalismo que puede calificarse como social, precisamente porque, además de ser reformista y promover el mercado a partir de importantes justificaciones morales, al mismo tiempo reconoce la necesidad pública de auxiliar y reconocer los problemas de quienes no logran ejercer su libertad. Es en esta visión y no en otras en donde se encuentra una posibilidad real de avanzar hacia una centroderecha moderna, acorde a los tiempos presentes y a los desafíos futuros.

AUTOR:
Alfonso España.

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