Valentina Verbal: “Matthei es genuinamente liberal, pero ha estado un poco en el clóset”
“No sé si crisis es la palabra”, dice Valentina Verbal. Retornando a las pistas (ya que estuvo abocada en terminar su doctorado en Historia en la Universidad Internacional de Florida, cuya tesis sobre la conquista de derechos liberales de las mujeres en el siglo XIX chileno defendió con éxito el pasado 1 de julio), la investigadora asociada del centro de estudios Horizontal mira con preocupación el futuro de Chile Vamos.
Parte de esas inquietudes las colocó por escrito en un texto: «Orientación y diferenciación. Un relato para la centroderecha», donde señala que el conglomerado debe defender un proyecto político que lo diferencie no solo de la izquierda, sino también de lo que ella denomina la “derecha radical”, con quienes existen diferencias relevantes y sustantivas.
El problema, escribe, “es que es que la mayoría de los líderes de centroderecha no parecen percibir esa distancia. Por el contrario, aún persisten voces que dicen que ‘las derechas’ serían parte de una misma ‘gran familia’”.
Cuando parece haberse extinguido la polémica —al menos por ahora— en torno a los eventuales apoyos de la UDI, RN y Evópoli a José Antonio Kast en segunda vuelta o en un eventual Gobierno, en esta conversación Verbal va un poco más allá: “Aunque suene duro, si la centroderecha se sube al barco de Kast, al mismo tiempo le pondrá la lápida a Piñera y resucitará las figuras de Portales y Pinochet que, con Piñera, la centroderecha había abandonado y superado”.
“Matthei tiene que ofrecer un sueño de país”
—¿Hoy qué le ofrece la centroderecha al país? En tu texto hablas de que no está claro cuál es el modelo alternativo a una izquierda a la que no se le puede hablar “con gráficos y números”, porque no creen en la libertad económica.
—La centroderecha, a pesar de estar siendo desafiada, ha carecido de un proyecto político al mismo tiempo orientador y diferenciador. Por orientación me refiero a los principios que deberían guiar la acción política y las políticas públicas que se ofrecen. Y estos principios son esencialmente tres: democracia formal y no corporativa; libertad personal e indivisible; y Estado subsidiario, lo que no supone ausencia del Estado, sino un rol activo de los gobiernos al servicio de las personas en situación de vulnerabilidad. Y cuando hablo de falta de diferenciación con respecto a las izquierdas, quiero decir que un sector quizás mayoritario de los dirigentes de la centroderecha no capta bien la diferencia entre el Estado subsidiario y el llamado “otro modelo”. El Estado subsidiario, que lo vimos actuar exitosamente en la pandemia, se basa en la cooperación pública-privada, con participación del mercado. Y el mercado en sí mismo, que la derecha defiende poco, es un mecanismo de cooperación. También me preocupa también la falta de diferenciación de la centroderecha respecto de la derecha radical.
—Apuntas que la centroderecha carece de un relato político, cosa que, por cierto, se viene mencionando al menos desde 2011. Ahora, ¿por qué crees que la derecha no ha sabido elaborar ese relato? Alguien que apoya a Kast, y que está en tus antípodas, como el historiador Gonzalo Rojas, dice que “los partidos de Chile Vamos han optado por un pragmatismo electoralista (…) con independencia de una definición en los principios”.
—A ver: estoy de acuerdo en que no hay que abandonar los principios. A veces da la impresión que a la centroderecha, obsesionada con los resultados, le importan poco los principios. Esto se vio en el apoyo de los parlamentarios de Chile Vamos a los retiros previsionales durante la pandemia. Pero por otra parte, el juicio de Rojas me parece sesgado. El Partido Republicano pareciera ser más coherente en el plano doctrinario, pero defiende de hecho principios añejos, que la derecha histórica había superado. Aunque se diga que republicanos no es tan diferente de la UDI de los 90, esta UDI es un retroceso y ya había sido superada. Pese a los silencios estratégicos de José Antonio Kast, su proyecto tiene como trasfondo el autoritarismo y el identitarismo. Aunque Kast haya evitado hablar de estos elementos en la actual campaña, sí pueden detectarse a través de quiénes lo apoyan o trabajan con él.
—El director del IES, Claudio Alvarado, dijo que Matthei y la centroderecha debían hablarle a su “electorado natural”. ¿Pero a quién hablarle? Porque en ese “electorado natural” cabe todo el mundo, o al menos todo el mundo que también votará por Kast y Kaiser.
—Sinceramente, en tiempos de confusión —de votantes indecisos o indiferentes—, no me parece adecuado pensar en un “electorado natural” como si se tratase de algo estático. Pienso que Matthei tiene que diferenciarse no solo por cosas coyunturales, como el tema de los bots, que tampoco serán suficientes para superar a Kast. Pensando en la mediocridad de este Gobierno, me parece muy bien que Matthei tenga muy buenos equipos y soluciones basadas en evidencia. Pero aunque esto es una condición necesaria de toda candidatura, especialmente de derecha, no es suficiente para ganar una elección. Puede serlo para gobernar, pero no para convencer a esa masa indefinida y fluctuante de votantes.
—¿Y qué tendría que hacer Matthei?
—Ofrecerle a la ciudadanía un sueño de país. Un mundo que no existe, pero que podría existir. Una utopia realista, en los términos de John Rawls. ¿Cuál debería ser esa utopía? No medidas concretas o listas de supermercado, sino la libertad. Y la libertad entendida, siguiendo a Felipe Schwember, como el derecho de la personas a identificarse con su propia vida. Matthei debería decirle a los chilenos: “Yo quiero que cada uno de ustedes tenga las oportunidades suficientes para poder elegir la vida que quieren vivir”. Esto, claro, suena abstracto. Pero los relatos políticos deben ser así. Y en el caso de Matthei, mucho más todavía, porque el electorado ya sabe que ella es capaz técnicamente.
—En una entrevista a este diario el sociólogo Mauro Basaure dijo que “Kast y Matthei pueden competir en el grado y la velocidad de la mano dura, o en el porcentaje de rebaja tributaria, pero comparten convicciones sustantivas”. ¿Hay grandes diferencias entre los dos?
—Hay que distinguir. Desde un punto de vista fáctico, es verdad que Matthei en la primera parte de su campaña buscó asimilarse a Kast, por ejemplo, al expresar su admiración por el sistema carcelario de Bukele, o al hablarle al electorado de derecha dura y pinochetista. Todo eso fue un error, pero mi impresión es que fue un error táctico, que no representa a la Matthei que realmente es. Yo creo que ella es genuinamente liberal, pero ha estado un poco en el clóset. Y aclaro que por el adjetivo “liberal” no me refiero a una rama de la derecha, como Evópoli, sino al liberalismo transversal que históricamente la derecha ha poseído, y de la que ella misma fue parte en los 90. Además, ella ha sido miembro de un proyecto de derecha política y no meramente económica en el sector. En resumen, no creo que Matthei sea lo mismo que Kast, como dice Basaure, y como también lo piensan no pocos dirigentes de la centroderecha.
“Kast no tiene equipos suficientes”
—¿Es un error de la centroderecha señalar que solo habrá paz social con Matthei?
—No es conveniente atribuirle paz social a unos por sobre otros. En los tiempos que vivimos de fuerte polarización, Matthei le puede ofrecer al país un proyecto de mayor unidad, incluyendo a sectores que formaron parte de la Concertación. En este sentido, a veces se critica que la centroderecha se suba al barco de los años de la Concertación, de Aylwin, Boeninger, e incluso de Lagos. Pero pienso que esto es una buena noticia. Primero, por la adhesión a la democracia; y segundo, porque el reconocimiento de la Concertación implica un proyecto de país que, si bien la derecha criticó en su momento, da cuenta de visiones compartidas acerca de la institucionalidad que el país debería poseer, tanto en el plano político como económico. Y esto que se perdió, hay que recuperarlo. Matthei también podría encarnar esta recuperación, por ejemplo, desde la reforma al sistema político. Con Kast, esto último se ve mucho más lejano.
—En una entrevista a «La Segunda», Joaquín Fermandois decía que “habrá que ver si Kast logra devorar a la derecha transaccional o si la subordina al modo en que Trump sometió a la mayoría de los republicanos que antes lo aborrecían”. ¿Crees que Chile Vamos es lo suficientemente fuerte para evitar aquello?
—Si la centroderecha sigue sin defender un proyecto político orientador y diferenciador, no va a ser capaz de mantenerse en pie frente a la derecha radical, hoy representada por Kast y por quiénes de seguro lo acompañarán en su Gobierno en caso de triunfar: Kaiser y los nacional-libertarios. Aunque sea verdad que Kast no se convertirá en un dictador, sí tiene como trasfondo ideológico el autoritarismo presidencial de raíz portaliana y pinochetista. Si se miran los documentos y videos de formación de los republicanos, casi todos apuntan a destacar figuras como Portales o Manuel Montt, que utilizaron de manera arbitraria los poderes de emergencia en contra de la oposición de ese entonces. Además, en la cultura de Kast y Kaiser se encuentra enraizada, con matices, la idea de que la libertad debe estar al servicio de una determinada concepción del bien, de raíz cristiana. Y aunque Kast no sea lo mismo que Kaiser, al final, gobernarán juntos. Y las fuerzas a la derecha de Kast, incluso sus mismas bases, lo presionarán para dar la “batalla cultural” y no solamente dar cuenta, como él ha dicho, de un “Gobierno de emergencia” para enfrentar la delincuencia y el estancamiento económico.
—Observadores como Alejandro San Francisco o María José Naudon han señalado que, de ganar Kast, no es viable un gobierno sin Chile Vamos. ¿Cómo lo ves tú?
—En parte, eso es verdad. Lo más probable es que, al igual que como ocurrió con Boric, Kast se vea obligado a llamar a los equipos técnicos de Matthei y de Chile Vamos. Kast no tiene equipos suficientes para hacer un buen Gobierno. Pero el problema de esto es que si la centroderecha se pliega a un eventual Gobierno de Kast, lo más probable es que eso implique la desaparición de Chile Vamos. Y no solo en términos institucionales, sino sobre todo culturales. Con la adhesión de la centroderecha a Kast, el legado histórico de Piñera se convertirá en una pieza de museo para el sector y dejará de ser un patrimonio vivo, que inspire la acción política de sus líderes y dirigentes.
—Te lo pregunto porque en 2022 escribiste un artículo titulado “Un camino hacia ninguna parte”, donde ya cuestionabas una alianza con Kast y republicanos. Pero aunque sea por pragmatismo, una alianza de Gobierno parece inevitable, incluso hasta lógica.
—Ese artículo lo escribí cuando republicanos y Kast eran mucho más extremos e identitarios que como se muestran hoy de manera externa. Sin embargo, no creo que ese proyecto político, en caso de llegar al Gobierno, le haga bien al país y a la centroderecha. Al país, porque a pesar de que ahora Kast se muestre más moderado, su ethos es autoritario e identitario, y eso, más temprano que tarde, va a aflorar de manera más o menos patente. Y a la centroderecha también eso le afectará, porque si termina siendo un vagón de cola de un eventual Gobierno de Kast, la posibilidad de una derecha moderna, liberal y democrática terminará siendo un proyecto fallido.
—¿Cuál es la autocrítica que podría hacer un partido como Evópoli? Digo, se han mostrado críticos contra Kast, pero a la hora los quiubos siempre lo terminaron apoyando (segunda vuelta de 2021 y plebiscito constitucional de 2023).
—La verdad, no tengo la respuesta precisa a esta pregunta, y no quisiera hablar de un partido específico de la centroderecha, sino del sector en su conjunto. Sin embargo, hay que reconocer que en los tiempos que corren, partidos como Evópoli tienen la pista muy dura y muy cuesta arriba. Por lo mismo, necesariamente estos partidos deben hacer alianzas con sectores de derecha más conservadores, sobre todo cuando la alternativa es un candidato del Partido Comunista o de la izquierda radical. Pero, al menos, uno esperaría que esas alianzas se den con sectores que aprecian la democracia y la libertad, y no solo de la boca para afuera. Por lo mismo, no le puedo pedir a Evópoli que siga un camino propio, sin formar alianzas que apunten a un proyecto mayor. Lo que sí podría decir es que, a pesar de ser un partido más chico, podría fungir de “Pepe Grillo” en el sector, y levantar las alertas respecto de las implicancias de sumarse a un eventual Gobierno de Kast.
—En lo personal y en una eventual segunda vuelta: ¿apoyarías a Kast?
—Voté por Kast en 2021 como mal menor para evitar el triunfo de Boric. En esa ocasión, y pese a su moderación táctica de la segunda vuelta, tenía un programa bastante radical y refundacional. Pero ahora me siento mucho más distante de Kast, pese a su moderación aparente. Además, ahora mi voto no será tan relevante para evitar el triunfo de Jeannette Jara. Prefiero, en esta ocasión, seguir el ejemplo de Lastarria, el gran pensador liberal del siglo XIX. Lastarria fue muy consecuente, aunque eso le costó muchas veces la incomprensión de sus mismos aliados. Sin embargo, con el correr del tiempo y mirando hacia atrás, puedes dormir tranquilo, porque la decisión que tomaste es coherente con lo que piensas. En mi caso, con esa utopía realista que la centroderecha y Matthei deberían ofrecerle al país: el derecho de las personas a identificarse con su propia vida. Esto no lo puede ofrecer Kast.
Esta entrevista se publicó en La Segunda.