La apuesta regional de Boric

En América Latina galopa el populismo autoritario. Venezuela, Nicaragua y Cuba le cerraron las puertas a la democracia, mientras que gobiernos como el de El Salvador continúan debilitando el estado de derecho y socavando el resguardo de los derechos humanos. 

En 77 días Gabriel Boric asumirá la Presidencia de Chile, y con esto asumirá también la obligación jurídica, política y moral de defender la democracia en nuestra región. Chile, como miembro de la Organización de Estados Americanos, tiene el deber de promover, a través de una acción pacífica colectiva, el ejercicio efectivo de la democracia representativa en el continente. Para dar realidad a este principio, la OEA creó herramientas como la Carta Democrática Interamericana y la Resolución 1080, que permite tomar acciones colectivas de emergencia frente a la interrupción ilegal del proceso democrático, como ocurrió en los casos de Haití (1991) o Paraguay (1996). 

El Presidente electo Boric ha dado garantías suficientes para creer que durante su administración cumplirá con este mandato de la OEA. Desde el año 2018, el entonces diputado marcó un punto de inflexión con su coalición, criticando públicamente las vulneraciones a los derechos humanos en los regímenes de Maduro y Ortega. Sin embargo, su condena no será suficiente. Solo la hoja de ruta que Gabriel Boric trace en esta materia, nos dirá si la defensa la democracia latinoamericana estará en el corazón de su política exterior.

Chile, desde el retorno a la democracia, ha solidificado su posición como un país impulsor de acuerdos regionales, acercando posiciones antagónicas en el pasado y por encima de las diferencias ideológicas entre los gobiernos de turno. Prueba de esto es su participación como garante en el proceso de paz en Colombia y los diálogos en República Dominicana; su contribución a las misiones de paz en Haití; y su liderazgo en la creación de la Alianza del Pacífico y Prosur. Con esta tradición sobre sus espaldas, el Presidente Boric asumirá el mando y tendrá que enfrentar las expectativas, esperanzas y presiones de sus colegas. La pregunta es: ¿con quién estará? 

Colombia y Brasil hoy lideran el grupo más duro, que considera a Maduro sólo parte del problema y no la solución. El primero, en respuesta a la elevada presión migratoria, y el segundo, por razones más ideológicas. Sus Jefes de Estado decidieron quebrar relaciones diplomáticas con Venezuela e intentaron invocar el polémico Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, sin exclusiones.

Al otro extremo, se ubican Argentina y México, que, bajo una concepción manoseada del principio de no-intervención, se han convertido en cómplices pasivos de los regímenes autócratas de izquierda. En silencio, miran mientras Cuba criminaliza la protesta pacífica con hasta 25 años de cárcel.

El pasado 7 de noviembre, mientras Fernández y López Obrador se abstuvieron de condenar la elección fraudulenta de los Ortega de Nicaragua, los gobiernos de Perú y España no dudaron en salir a rechazarla. Ellos honraron su obligación de defender la democracia, pues el derecho soberano de un Estado a organizarse libremente está limitado por el respeto a los derechos humanos. 

En el centro, se han mantenido países como Uruguay, Perú o Costa Rica, que, en el caso de Venezuela, han abogado por la convergencia entre sus socios regionales del Grupo de Lima y sus aliados europeos del Grupo Internacional de Contacto. En este concierto, el Canciller Andrés Allamand ha optado correctamente por buscar los caminos del diálogo amplio, sin retroceder en las convicciones democráticas de Chile. Así, y a diferencia de sus dos antecesores, abrió nuevos espacios de participación que auguran mayor éxito a una transición democrática pactada.

El Presidente electo intentará ser seducido por su par argentino y mexicano, a los que podrían sumarse Colombia y Brasil si Gustavo Petro y Lula da Silva triunfan en las elecciones. Pero la neutralidad chilena significaría una claudicación absoluta a su deber de proteger la democracia en toda la región. Boric debe cerrar esa puerta y profundizar el rol de Chile como impulsor de acuerdos democráticos. Denunciar la dictadura venezolana y mantener un apoyo incondicional a la oposición democrática, pero propiciando un nuevo acercamiento entre las partes, después que Maduro, utilizando argumentos espúreos, abandonara nuevamente la mesa de negociaciones. Es cierto, Maduro es el centro del problema, pero también será necesariamente parte de la solución.

Benjamín Salas.
Colaborador Asociado en Política Exterior de Horizontal.

*Publicada en El Mercurio.

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