Al rescate de la educación: ¿una sola alternativa?

Han pasado varios años desde que se levantó la necesidad de mejorar la calidad de la educación que reciben los niños, niñas y jóvenes del país. En esta línea, deja mucho que desear esta tónica inservible de criticar constantemente y desde las consignas las propuestas de mejoras; es como si no comprendieran que las ideas no por ser distintas son incompatibles (puede ver un ejemplo de esto aquí). Compleja situación esta de repudiar los acuerdos, especialmente considerando que, además de los problemas que ya arrastramos desde hace mucho tiempo en lo que respecta a uno de los pilares más importantes de toda sociedad, debemos dar respuestas a las fisuras que le está provocando además la pandemia.

Una de las alarmas más recientes y que viene a hacer aún más desafiante poder alcanzar efectivamente una buena educación, tiene que ver con la preocupante proyección que estima un déficit de casi 33 mil profesores para el 2025. La disminución del 27% de matrículas que se observó en 2017 respecto al 2011, y la baja de 15 mil inscritos en 2020 a 10 mil en 2021, son evidencias que hacen cada vez más cercano este riesgo. ¿Cómo podemos evitar entonces que nos falten docentes para enseñar?

Lo cierto es que no hay una única respuesta. Por una parte, hay quienes sostienen que la clave estaría en disminuir las barreras de ingresos a las carreras relacionadas con la educación, las cuales fueron robustecidas tras la publicación de la Ley 20.903, con el fin de asegurar una mejor base formativa. A pesar de que esta idea no es tan apreciada, pues podría llevarnos a tener profesores con ciertos vacíos -lo que eventualmente afectaría la calidad de la educación-, no se puede negar que, si se endurecen aún más los requisitos, será todavía más difícil erradicar el problema del déficit de docentes.

Por otra parte, hay quienes creen que el cautivar a más y mejores profesores pasa por perfeccionar desde las remuneraciones y valoración que se tiene sobre esta carrera, hasta el ambiente laboral -donde se debiese dar más espacio a la innovación-. En Holanda, por ejemplo, publicaron anuncios para atraer a la docencia a los trabajadores descontentos. Otros sostienen que se debiese pagar un sueldo a quienes estudian para ser docentes; y algunos proponen abrir un concurso internacional para atraer a talentos extranjeros a nuestra nación, tal y como se hizo a fines del año pasado en la ciudad de Quebec, precisamente con el objetivo de enfrentar el problema aquí descrito.

En relación con este último punto, cabe destacar que en uno de los últimos encuentros de Icare, la neuropsiquiatra infantojuvenil, directora de INASMED y presidenta de la Fundación Amanda, Amanda Céspedes, aplaudió la iniciativa, considerando el valor que esta había tenido en su minuto para la educación normal en Chile de fines de 1.900.

Quien reflexione verdaderamente sobre la búsqueda de soluciones, podrá ver que las alternativas que han surgido para dar con una educación de calidad son bastante variadas. Hay que comprender que para solucionar la calidad educativa -en los casos anteriores, desde las mejoras a los docentes, piedras fundamentales de todo proceso educativo-, son muchos los frentes de acción que se deben considerar. En este sentido, se requieren consensos que hagan conversar lo posible con lo viable -para lo cual la evidencia aporta un montón-. Llevamos mucho tiempo frenando el desarrollo y actuar para el progreso. Es tiempo de salir de las disputas sin sentido, para dar paso, de una vez por todas, a una acción pro educación.

AUTOR:
Sebastián Izquierdo R.

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