Había una vez un Ministerio de Vivienda con apellido Urbanismo (MINVU), al que su Presidente, ya en ejercicio, Piñera Sebastián, invirtió su nombre durante la presentación de sus ministros. Esta vez no fue una Piñericosa, sino que una escueta pero potente directriz. Pero ¿por qué esta directriz?

Sabemos que históricamente el MINVU se ha centrado en solucionar el problema del acceso a la vivienda, siendo exitoso en la forma, pero no en fondo. Es así como pasamos de la problemática de los “sin techo” a los “con techo”, y a mejorar los estándares de las viviendas como también algunos de sus entornos. Luego vino el 27-F, derrumbando no solo viviendas, sino también los planes de ciudad del programa presidencial del primer gobierno de Sebastián Piñera. Esta situación hizo que debiera, forzosamente, enfocar gran parte de los recursos a la reconstrucción post terremoto. Nuevamente la vivienda ganó en desmedro de la ciudad.

Con esto, no pretendemos plantear que las soluciones habitacionales para los más necesitados no sean de suma importancia, pero es un ámbito que —a estas alturas— el MINVU tiene ya en su ADN, habiendo ganado en suficiente expertise. Es hora de dar un paso evolutivo y necesario para la adaptación a nuestro entorno: mirar las políticas de ciudad como uno de los grandes temas que enfrentamos hoy cuando queremos ser un país desarrollado y, de la mano, mejorar de manera concreta el ya sobreutilizado concepto de calidad de vida. La gestión de ciudades es, en sí, una potente directriz para realizar transformaciones desde el sector público.

Es precisamente aquí donde se encuentra una gran oportunidad para el nuevo gobierno: hacer real lo ya diagnosticado, es decir, las iniciativas, los mecanismos de gestión urbana y sus proyectos. Y que, más allá del discurso, le den una nueva cara a nuestras ciudades. Santiago, después de las concesiones, tiene otra cara. Hoy, el MINVU y los gobiernos regionales se encuentran en una posición privilegiada para realizar una segunda transformación urbana significativa, que no debería ser desperdiciada. Para esto, recomendamos tres líneas de acción que, además —y esto las hace interesantes—, no son excluyentes entre sí.

La primera: potenciar lo ya realizado por el Consejo Nacional de Desarrollo Urbano, cuya propuesta de política pública fue elaborada durante el primer gobierno de Sebastián Piñera, y continuada por un equipo políticamente transversal, ya que tiene propuestas concretas para llevar a cabo su base conceptual. La prolijidad de sus diagnósticos y políticas son motivo para enfocarse en aterrizarlas y ejecutarlas.

Una segunda línea guarda relación con abordar la complejidad, obsolescencia y dispersión de la normativa urbana y su institucionalidad, uno de los tantos desafíos que debiese enfrentar la modernización del Estado. Hoy en día, un proyecto inmobiliario se puede enfrentar, fácilmente, a 27 instituciones del Estado es sus distintas etapas. Algo nada bueno para nadie: muchos recursos del Estado mal invertidos, seccionados y una burocracia abrumante para el sector privado. Y si bien es necesaria para la transparencia, resulta poco eficiente y mejorable. Consensuemos que las ciudades las construyen principalmente los privados, cuya compleja relación con el ente público nos tiene al borde de la discrecionalidad, con la que finalmente todos perdemos. Es hora de actualizar la normativa y fortalecer la gestión de las áreas metropolitanas por medio de una institucionalidad planificadora e integradora, es decir, abordar profundamente la gobernanza metropolitana.

Por último, centrarse en mejorar la forma en que ejecutamos los proyectos emblemáticos y detonantes del desarrollo. Con consenso y voluntad intersectorial, se pueden hacer cambios con impacto real para enfrentar y dar solución a las problemáticas que las dinámicas urbanas nos plantean, tales como la falta de áreas verdes y su distribución, paralelamente con la necesaria incorporación de estándares urbanos garantizados. Nada sacamos con tener grandes planes de áreas verdes, movilidad e infraestructura, si para el primero no tenemos recursos para su mantención y el segundo, se materializa finalmente como una ciclovía que termina en un poste de luz.

La oportunidad está a la mano. Inauguremos el Ministerio de la Ciudad y Territorio: podemos hacer ciudad con viviendas, tal como propone el programa de Sebastián Piñera, pero también —en la medida en que se vaya cambiando el foco— lograr que la ciudad sea más amigable con nuestras vidas y diferencias.

Andrés Vargas y Diego Aguilar

Comisión Ciudad Justa, Horizontal Chile

Publicado en El Líbero (25 de marzo de 2018)