Una sociedad que cree en la libertad de las personas para definir su futuro está obligada a perseguir y difundir incansablemente cualquier conocimiento que pueda abrir un nuevo camino a uno de los suyos. Esa sociedad sólo existirá si nos dotamos de una poderosa base de conocimiento y de la capacidad para revisarla y hacerla crecer.

Sin embargo, hemos descuidado por décadas la importancia de traer, generar y difundir ideas, conocimiento y tecnología. Es larga la lista de los lugares donde pudo hacer una diferencia el rigor científico, un llamado a la academia, o simplemente un buen uso de la tecnología. Lugares donde una y otra vez optamos por la improvisación, esa eterna enemiga de la ciencia que ha ganado tal espacio en nuestra sociedad, que hoy parece tener estatus de metodología.

Para que nuestro Chile sea una sociedad que valore y busque el conocimiento, debemos rebelarnos ante la improvisación. El rigor intelectual y la búsqueda de respuestas deben ser parte de nuestra identidad cultural y de nuestra identidad política. La identidad de un país que abraza lo que viene, aunque le sea incierto, porque comprende que es allá donde está el futuro y no en los prejuicios o en las respuestas al pasar. Un país que no le teme a la competencia, porque sabe que puede encontrar un camino. Sin ese cambio, seguiremos perdidos en las tinieblas de la improvisación populista.

Por eso es que si bien es valorable la idea de avanzar en un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (Piñera 2014 y Bachellet 2017) no debemos conformarnos con cualquier diseño. Debemos exigirle que mire al futuro, que sea flexible para acoger una expansión de los presupuestos en CTI, que conecte a Chile con el mundo, que reduzca la burocracia, que permita que la ciencia impacte en la ciudadanía y que le dé al conocimiento un rol en la toma de decisiones del Estado.

El proyecto presentado recientemente por el gobierno queda corto. Se presenta con un sabor a “la medida de lo posible”, sin aspiraciones mucho más grandes que la de formalizar el Conicyt y algunas de sus interacciones con Corfo. Casi pidiendo disculpas por existir, parece querer anticipar las críticas ortodoxas de que no estamos para crear ministerios y mucho menos un Ministerio de la Curiosidad (aunque en lo personal uno con ese objetivo me parecería mucho más valioso que varios de los 22 que hoy tenemos andando).

La propuesta efectivamente ordena una serie de piezas del sistema que fueron diseñadas hace mucho tiempo y las ubica en un mapa lógico en el contexto de una ley. Por ejemplo, Conicyt ordena los diversos fondos bajo su estructura y el CNID (Consejo Nacional de Innovación para el Desarrollo) sale de la cueva de los decretos presidenciales y se le reconoce en una ley. También se reconoce la necesidad de una comunicación formal entre Conicyt y Corfo, pero no avanza mucho en la forma. Todo eso muy bien y necesario, pero no justifica un ministerio.

Por otra parte, el proyecto avanza en que existan estrategias de ciencia, tecnología e innovación. Algo que aunque pueda hacer saltar a las almas liberales, no es tan demente cuando los desafíos científicos son de muy largo aliento. Pero el mecanismo elegido es dudoso: comité de expertos (todos nacionales) y comité de ministros que valida (como si no nos sobraran de aquellos).

Es un proyecto correcto, simple y que puede tener rápido trámite. Pero al que le falta mucha ambición para el rol que puede jugar el conocimiento (humanista, científico y social) en el desarrollo de los chilenos. En un mundo con cambios climáticos, demográficos, sociales y productivos, nos merecíamos más que una puesta al día. Ojalá en el Senado se le pueda dar profundidad y flexibilidad para el futuro. Mal que mal, si queremos ser “tipo OECD” debemos multiplicar por al menos seis veces nuestro presupuesto en ciencias. Y eso, a este diseño, se le va en collera.

Cristóbal Undurraga
Cristóbal UndurragaCoordinador
Comisión Ciencia y Tecnología de Horizontal