Desde fines de octubre y hasta el 10 de noviembre, Valparaíso acogió nuevamente la Bienal de Arquitectura y Urbanismo la que en ésta, su 20° edición, convoca al diálogo y reflexión sobre algunos impostergables en torno al concepto de Ciudad y quienes la habitamos ¡Y esto es una gran noticia!

La orientación y discusión disciplinar de la arquitectura que prioriza la estética por sobre la integración de los proyectos con su entorno y sus habitantes en la ciudad, ha dejado de ser el centro de atención, y en hora buena ha sido reemplazada en instancias como la Bienal, por una aproximación más pública, integradora y democrática. Con ello, además, se han abierto las puertas a que la denominación de “urbanista” no sea sólo aplicable a los arquitectos, sino que a ingenieros, abogados, administradores públicos, sociólogos y otras profesiones por igual. Esa es la dirección hacia donde debiésemos nosotros también transitar, en particular en la realidad chilena, ya que el centro de la problemática actual: la construcción de ciudades para las personas y sus necesidades, no sólo es una prioridad de los entendidos, sino una responsabilidad de todos.

Es motivo de reconocimiento que esta versión de la Bienal haya puesto como foco de la discusión a las personas, y que su convocatoria sea reflexionar sobre algo “impostergable”: colocar a la ciudad primero en la fila. Un giro hacia la “ética más que la estética”, tal como sus curadores lo proponen. Destacable, pero no suficiente, porque no sólo la arquitectura necesita dar este giro. Todos hemos sido víctimas y victimarios al no ser parte activa del diálogo, al no plantear nuestras inquietudes y quedarnos impávidos cuando éstas no se plasman en nuestro entorno. Por ello, ¿Qué pasaría si hiciéramos una bienal solo de urbanismo como punto de partida?, ¿y si después creáramos una instancia formal de participación integrada, invitando a todos los actores de la sociedad civil a compartir su mochila de conocimientos y experiencias?, ¿y si todos fuéramos urbanistas?

Cualquier intervención en la ciudad genera externalidades positivas y negativas, y sus efectos se dejan sentir para todos sus habitantes. Es por ello que, seamos o no ilustrados en el área, todos los que habitamos la ciudad tendremos una opinión legítima sobre aquellas. Pero escuchar a todos no es tarea fácil, de hecho puede ser interminable. Por ello se necesitan instancias formales. Mecanismos y procesos concretos de participación.

Pronto se harán realidad propuestas como los Planes de Ciudad o las Autoridades Metropolitanas, a modo de caminos para la necesaria integración de las ciudades. Sin embargo, éstos sólo serán efectivos y podrán generar cambios robustos en la forma de mirar globalmente la ciudad, si logramos reformular e innovar respecto de los procesos formales de diálogo y participación.

Es insostenible mantener alejado el escrutinio público y continuar tomando decisiones a puertas cerradas, en alguna oscura sala municipal, por ejemplo, de la modificación de un Plan Regulador Comunal. Muestras de participación exitosa las hay, pero sólo son excepciones que confirman la regla.

Por ello, la invitación es a tomar libremente la iniciativa del diálogo y adaptarnos a los cambios propios del desarrollo: El ciudadano debe ser comprensivo respecto del cambio, asumiendo que la ciudad no puede permanecer en statu quo, y que por tanto adaptarse a nuevos entornos no es por defecto malo. El mundo privado por su parte, debe practicar el acercamiento temprano a los ciudadanos como parte del impulso de sus proyectos, mitigando ex-ante las externalidades negativas y poniendo en valor las positivas. La participación no es caridad, acercarse a los ciudadanos es bueno, le hace bien al negocio. Mientras que las distintas disciplinas académicas y experiencias profesionales deben integrarse, para entregar herramientas a todos los participantes-personas, empresas y Estado- con el fin de que tomen buenas y consensuadas decisiones. Y finalmente, el Estado debe trabajar simultáneamente en acciones inmediatas y políticas de largo plazo. La ciudad, al final del día, es un proyecto político.

Al igual que lo que ocurre cuando los síntomas de las enfermedades se presentan y muchas veces ya es tarde para el tratamiento, hoy nos enfrentamos a una ciudad que ya presenta síntomas de una grave situación, cuya atención es apremiante. Según el último estudio de la Mesa de Áreas verdes de la Universidad Católica, la relación de m2 de áreas verdes accesibles por habitante, entre comunas del norponiente respecto a las del nororiente de la Región Metropolitana es de 1 a 3; mientras que según datos de TECHO 2015, más del 35% de la superficie urbana de Santiago, corresponde a zonas sin acceso, o con muy mala o mala accesibilidad al transporte público. La desigualdad socioeconómica nos ofrece así una de sus peores facetas en nuestras ciudades: segregadas, carentes e injustas. Actuar e integrarnos concretamente es de suma urgencia. Pasemos de defender la ciudad a participar de ella. Lo primero, es importante para enmendar errores consumados, pero hay que ser proactivos para construir una ciudad con sentido común.

Invito al lector a pensar en su entorno y a participar activamente. Tomar la oportunidad de avanzar desde el urbanismo tecnócrata al urbanismo ciudadano, es también un impostergable.

 

Andrés Vargas Flores

Ciudadano, Ingeniero y Magíster en Proyecto Urbano UC

Comisión Ciudad Justa Horizontal